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Algo sobre mí

Algo sobre mí

Empleado de banca jubilado, amante de la música y la literatura, la naturaleza y las humanidades. Nacido en Guadalajara y conocedor ferviente de la provincia. Actualmente con residencia en Madrid, después de un largo peregrinar por diversas ciudades en razón a mi profesión; que ahora con ilusión trato de vivir esta nueva aventura, pues siempre he creído que la providencia nos ha dado el sueño y la esperanza como compensación a los cuidados de la vida.

16 enero 2010

El genio y su tragedia

A mi amigo Sarbelio,
buen amante de la ópera.


Fue uno de los grandes talentos que ha tenido la Humanidad, a nivel de Aristóteles, Velázquez, Rafael y Miguel Ángel o Shakespeare, Newton y Cervantes. Representaba en su época el triunfo del genio sobre la precocidad. Realizó creaciones hasta convertirlas en obras de una belleza arrebatadora, ganando por derecho propio un puesto destacado en el selecto panteón de los grandes personajes de la Historia. Tuvo una vida extraordinaria, plagada de encuentros memorables, de radicales giros, de logros inimitables e inconcebibles para los seres humanos de a pie.

La vida y obra del personaje en resumen, fue fascinante, sin adornos de ninguna clase. Su fama de genio nunca ha sido amenazada y ninguno de sus múltiples biógrafos ha podido negarle la grandeza y perfección de su obra. Ghete definió al genio: "como un poder productivo cuyos actos tienen consecuencias y vida eternas".

Ha sido y es considerado un prodigio de la naturaleza que legó a la humanidad una obra perfecta en general, bella y sublime.

A pesar de la suerte que le había proporcionado la Providencia, considerando los honores, gloria y fortuna recibida, la vida en ocasiones le mostraba la cara más amarga que al personaje le debía resultar incomprensible.

Padeció la muerte de cuatro de sus seis hijos. Circunstancias normales en su época pero que, como a cualquier padre, le sumieron en momentos de depresión extrema.

Vivió sus últimos años, agobiado por las dificultades económicas, sufriendo momentos de frenética búsqueda de recursos para subsistir él y su familia, a pesar de las importantes cifras que obtenía por la realización de sus incontables obras. Casi mendigando, acudía a banqueros y amigos solicitando ayuda, confesando su extrema necesidad; incluso de su protector real no tuvo el reconocimiento que su talento merecía, lamentándose "que era demasiado poco lo que recibía a cambio de lo que podía hacer". Todo ello suponiendo un duro golpe para su maltrecho amor propio

El padre del genio fue también su consejero y maestro estricto y exigente, que tuvo un peso constante e influyente en la vida de su hijo. Sintió gran admiración por la creatividad y talento de su alumno, al que había situado en la cúspide de la fama. No obstante, cuando el hijo se hizo mayor y sintió la natural necesidad de reafirmarse a sí mismo y librarse de la presión psicológica patriarcal, fue tratado con incomprensión y despego, hasta el extremo de retirarle en ocasiones su apoyo y afecto, llevado por un ánimo desmedido de controlar cualquier movimiento de su hijo, motivado, especialmente, por las preocupaciones financieras, que se convirtieron en intromisión compulsiva a medida que observaba la inevitable maduración del joven. Situaciones que martirizaron al genio hasta el final de sus días

Asimismo, no es de extrañar que a lo largo del tiempo, la ciudad que gozó de tener el mayor genio entre sus ciudadanos, ha tenido que sufrir el reproche de que su indiferencia y su insensibilidad permitieran que se hundiera en la pobreza más vergonzante, hasta el punto de ser enterrado a su muerte en una fosa común para indigentes.

También es cierto, que Wolfgang Amadeus Mozart, fallecido el 5 de Diciembre de 1791 a la edad de 35 años, no era prudente en la administración de su peculio y tenía una gran pasión por vivir rodeado de lujos, incluso cuando sus reservas de dinero pasaban por sus momentos más bajos. Como es frecuente manifestar en los tiempos actuales " vivía por encima de sus posibilidades, y gastaba más que ganaba".

Es importante destacar los elevados ingresos recibidos, que ya hubieran querido los más distinguidos habitantes de la ciudad de Viena que le había adoptado como personaje importante desde hacía una década.

Justificaba su situación, por los enormes gastos que tenía que hacer con motivo de las frecuentes estancias de su esposa en balnearios, debido a los sucesivos embarazos y diversas dolencias.

Lo cierto es que, no obstante su azarosa existencia y frecuentes tribulaciones, impuso a su música un carácter nuevo y avanzado a su tiempo, que estaría destinado a la inmortalidad. Nadie entonces podía creer, que la Providencia se hubiera llevado al otro mundo, a tan corta edad, a un hombre incomparable y de incalculable valor para la humanidad.

Todo el mundo recordaba aquel niño que a sus cinco años dio el ineludible paso de intérprete a creador de dos piezas cortas para clave, y que antes de cumplir los siete años había aprendido a tocar el violín con un dominio absoluto que le permitiría actuar en público como solista. Después trabajaría con un frenesí creativo y desbordante, componiendo a lo largo de su corta vida más de seiscientas obras, alcanzando la excelencia en todos los géneros que se proponía abordar, especialmente las sinfonías, aunque probablemente sus mayores logros fueran en la creación de operas.

Mozart finalizó su obra en este mundo con una misa de Réquiem que un desconocido mecenas le encargó, y que a muchos les ha parecido irresistible el simbolismo que encierra dicho Réquiem. Un hombre ya moribundo, que compone una misa para difuntos, invita a pensar que fue como una premonición de su cercano tránsito, dado que no llegó a terminarla. Se ha escrito, que el mismo día de la muerte del genio, éste ordenó que le llevaran las partituras a la cama, y dijo repasando a fondo una vez más la partitura, con los ojos humedecidos ¿No predije que estaba escribiendo este Eéquiem para mí?. Desde la cama dictaba, ya agotado, las últimas notas de la que fue su aventura musical más ambiciosa y, en resumen, una obra maestra.

Creo que los honores, gloria y dinero se diluyen con el paso del tiempo, pero las obras de los grandes genios permanecen para siempre.

Oscar Wilde escribió: 
"La belleza es una forma del genio; más alta, en verdad, que el genio, pues no necesita explicación. Es una de las grandes realidades del mundo, como el sol o la primavera, o el reflujo en el agua oscura de esa concha de plata que llamamos luna. No puede ser discutida; tiene su derecho divino de soberanía". 


Madrid, Enero 2010