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Algo sobre mí

Algo sobre mí

Empleado de banca jubilado, amante de la música y la literatura, la naturaleza y las humanidades. Nacido en Guadalajara y conocedor ferviente de la provincia. Actualmente con residencia en Madrid, después de un largo peregrinar por diversas ciudades en razón a mi profesión; que ahora con ilusión trato de vivir esta nueva aventura, pues siempre he creído que la providencia nos ha dado el sueño y la esperanza como compensación a los cuidados de la vida.

22 noviembre 2014

CUENTOS


                                               A mi nieto Alejandro
                              

 
Un maestro castigó jústamente a un alumno que le había faltado al respeto, y su comportamiento en general no era nada edificante. La madre del niño se presentó en la escuela con mucha altivez y poco decoro para amonestar al maestro, porque su hijo había llegado a  casa llorando tras haberle castigado.

El maestro, muy sosegado, respondió que aquel niño necesitaba un correctivo, pues numerosas veces se comportaba mal, no atendía sus indicaciones ni sus consejos, y que le había castigado discretamente para enmienda suya y ejemplo de sus compañeros.

El maestro añadió: “Señora, para que no le castigue más, tenga a su hijo en casa mimándole y riéndole, que de mayor no le verá reír, más sí llorando y gimiendo, pues el maestro que a un alumno castiga mucho le quiere y los males de su futuro mitiga, pues los profesores hacen que los niños sean valiosos”.

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En un lejano país persiguieron y cazaron a los pajarillos por comerse el grano de los campos de cultivo.

Pasado el tiempo los labradores observaron enfermedades y plagas de infinidad de insectos en sus sembrados.

Pero pronto de actitud cambiaron los labradores, pues convencidos estaban del bien que los pajarillos desempeñaban.

En otros países compraron parejas de pajarillos para criarlos y se multiplicaran, pues entendieron que pocos granos podían comerse, pero grande el bien que hacían en cazar insectos que destruían sus cosechas

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Un hombre rico y poderoso quería conocer quien en sus tierras era dichoso, por lo que en la entrada de su palacio puso un cartel sorprendente y curioso: “Esta flamante finca se regalará al que se crea el más feliz de la comarca”.

Al poco tiempo llegó un altivo ciudadano, presumiendo  ser el hombre más feliz que en la comarca hubiera.

Aquel rico y poderoso señor al instante le contestó, que estaba equivocado, pues si de verdad estuviera de felicidad rebosado, nunca desearía conseguir su palacio, añadiendo que no es más feliz quien más ostenta, sino el que tiene menos y se contenta.

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Un rey decidió un día pasar por mendigo para probar la caridad de sus vasallos, yendo de puerta en puerta pidiendo ayuda para comer y asilo para pasar la fría noche de aquel lugar.

En todas partes le dieron con la puerta en las narices, menos en la casa de un pobre ciudadano que le recibió con amor sincero, ofreciéndole compartir lo poco que tenía y acogiéndole en su humilde vivienda.

Al marcharse el rey el día siguiente, dijo al caritativo y buen vasallo: “Por tu buen comportamiento serás colmado de dones en un futuro inmediato”.

Sorprendido quedó aquel buen hombre, pensando lo poco que podía esperar de persona de tan pobre porte, pero contento quedó por la obra realizada.

Poco tiempo después el rey envió a sus soldados para que todas las casas del poblado fueran cerradas, forzando a sus habitantes a que pasaran la fría noche al raso por las calles y sin tomar alimento alguno, para probar en sus carnes los efectos del frío, la falta de comida y techumbre, y que en un futuro fueran más caritativos y se compadecieran de los más necesitados.

También ordenó el rey que llevaran a su palacio aquel buen hombre que diligentemente le había atendido, ofreciéndole un distinguido empleo de por vida en los cuidados de su reino.

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Hace años había un joven estudiante, aplicado y paciente y de sabiduría creciente, en escasas ocasiones jugaba y era distante con aquellos amigos que apreciaban mucho el ocio y se reían de él.

Sus amigos estaban curiosos por conocer su misteriosa actitud, y una noche despejaron sus dudas al observar que aquel joven estaba a la luz de una farola estudiando con un libro. Ante la curiosidad de sus amigos les dijo: “Necesito una vela cada noche para poder estudiar y por no tener dinero vengo a este lugar, y espero no me reprochéis mi triste situación, pues con la luz en esta esquina sigo mis estudios con firmeza y constancia, pues pronto tengo un examen de mucha importancia, que deseo aprobar y dar satisfacción a mis padres”.

Nadie de él se burló más, al contrario sus amigos sintieron envidia y hasta cierta admiración, pues todos reconocieron los méritos de aquel humilde estudiante, que años después tuvo talento brillante y consiguió un cargo importante.

Había demostrado que la ociosidad es fuente de vicios y el trabajo da buenos beneficios.

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Un sabio que existió en un lejano país, habiendo observado que en el mundo escaseaba la prudencia, determinó un día tomar simple silla y una mesa, fuese al mercado donde tantos vendedores de todo había y allí se puso a esperar.

Sintieron curiosidad los ciudadanos de la ciudad por ver lo que vendía, y uno más atrevido le preguntó: ¿Qué vendes, pues nada vemos que tengas sobre la mesa?

El sabio contestó: “Vendo prudencia”.

Ello causó muchas risas entre los presentes, que hasta iluso le llamaron y por loco le tuvieron.

Hasta el palacio del rey la noticia llegó y acompañado de su corte al mercado se acercó. Le preguntó al sabio: ¿Qué haces por aquí?

“Majestad, vendo prudencia”, le contestó el sabio.

El rey volvió a preguntar: ¿Sabes la que necesito yo?

El sabio respondió: “Una advertencia buena os daré Señor, y si la tenéis en cuenta nunca os arrepentiréis. Nada digáis sin cabeza, sin una meditación, nunca emprendáis una empresa sin haber calculado bien sus normales consecuencias”.

El rey mucho reflexionó el consejo que el sabio le dio, y tanto le agradó que en la puerta de su palacio mando escribir la advertencia.

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Cuentan que en una villa de La Alcarria, en la provincia de Guadalajara, vivió muchos años un maestro de escuela que por filósofo le tenían, el cual prescribía a sus alumnos, que al acostarse por la noche, reflexionaran con sosiego los hechos que habían vivido durante el día, indicándoles que es costumbre buena y gran guía para una saludable vida.

Que antes de disfrutar de un dulce sueño, hay que hacer examen de conciencia: ¿Qué es lo que he hecho hoy de malo, que pueda rectificar para tener una normal existencia, y qué es lo que de bueno he realizado para mi bienestar y feliz supervivencia, con mi familia, mis amigos y demás ciudadanos?

Así a sus alumnos enseñaba y poco a poco los perfeccionaba.

También a sus alumnos decía, que el arrepentimiento alivia y da satisfacción al pecador.

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Era un niño vivaracho, de sonrisa fácil y con sus amigos contento y dichoso, y además buen estudiante que gozaba de voluntad interesante en obtener buenas notas en sus estudios. Sus padres lo admiraban por comportarse bien y los maestros contentos con él estaban.

Gozaba de buenas actitudes humanas y la caridad no le faltaba, que sus padres  siempre le enseñaban.

El deporte le entusiasmaba y con la naturaleza disfrutaba.

Le gustaba tocar la flauta, y no por casualidad lo hacía, que con su dulce melodía hasta a  Mozart con sus notas imitaba.

Un día a la sombra de un abeto estaba en el jardín de su casa, y en el cielo observó un bonito ruiseñor que en su hombro se posó, y entre sus armoniosos trinos y fina voz al niño sorprendido se dirigió:

“Escucha querido niño lo que voy a contarte, pues quiero que pongas mucha atención”.

El niño quedo asombrado, pero quieto se quedó, pues nunca pudo pensar que un pajarillo le hablara.

El extraño pajarillo siguió con su dulce trino y acercándose a su oído dijo al niño: “Conozco tu vida desde la más tierna infancia, y sé que eres tierno y cariñoso y bondades no te faltan, y como deseo que sigas por ese buen camino, quiero darte mis consejos para que nunca decaigas y sigas siendo un niño admirable y bueno”.

-Nunca dejes de obedecer a tus padres y a tus maestros respetar.

-No olvides considerar que es importante ser persona de austera rectitud y de puntual diligencia en tus trabajos.

-Que siempre te comportes con sencillez y humildad en el proceder de tus acciones, pues así obtendrás la amistad y admiración de muchas personas.

-Asimismo ten presente en ayudar a los más necesitados, conforme tus posibilidades, pues encontrarás mucho alivio y gran serenidad en tu corazón.

-En relación a los amigos, te recuerdo que es muy grata la fiel y sincera amistad, pero he de aconsejarte que los elijas bien, especialmente entre los que sean honestos, educados y tengan buen corazón.

-Referente al dinero, toma buena nota de que siendo necesario para subsistir en la vida, no lo es tanto para conseguir la felicidad. Y que si alcanzas riquezas sea por tu propio esfuerzo, no de formas que te puedas avergonzar.

-No te alegres nunca de los males que puedan tener otros niños o personas mayores, pues ello sería de gran miseria y muy mal comportamiento.

-Te recomiendo que no seas perezoso ni ocioso, que tengas por virtud el trabajo y el deseo de superación, y así serás muy dichoso.

-Serás feliz si tienes juicio recto y estés conforme y contento con todo lo que tengas por haberlo conseguido con tu esfuerzo e ingenio, como he observado que hasta ahora vienes haciendo.

-Por último, como embajador vengo desde lo más alto del Cielo, te trasmito que no dejes de observar y admirar la grandeza de toda la Creación: El firmamento y sus estrellas, especialmente el sol que nos alumbra y la luna por las noches. Las montañas y verdes valles por donde transcurren los arroyos y los ríos; los bosques y el campo con sus cosechas, las flores y animalillos que lo pueblan, y la inmensidad de los mares y múltiples especies de sus profundidades. Y muchas más cosas, que con el tiempo podrás comprender las maravillas que se nos ofrece a la humana contemplación. Pero la mayor de todas eres tú mismo, que formas parte del magnífico universo que ha sido creado.

De repente aquel maravilloso ruiseñor, elevando sus alas al viento, con sus encantadores trinos entre las nubes desapareció camino del Cielo.

 

Eugenio

Madrid, Noviembre 2014
 

      
 

                            

16 octubre 2014

CESAR

Al hijo de mi amigo Sarbelio, médico que goza de reconocido prestigio.
  
                             
El joven estudiante deseoso de ampliar los horizontes de su sabiduría  se trasladó a Atenas al final de la época gloriosa de Pericles. Iba cargado de ilusiones y enorme esperanza de conseguir nuevos conocimientos.
 
Enamorado de la historia de Grecia, de su admirable civilización y de sus ilustres personajes, quedó prendado cuando leyó las obras de Homero, poeta del siglo IX antes de la era cristiana especialmente La Ilíada y La Odisea, consideradas obras maestras de la épica griega, en las que se exaltan las virtudes heroicas de grandes personajes, que han tenido inmensa influencia en la cultura universal.
Nuestro joven y aventajado alumno  dedujo  que todo lo que ha evolucionado en la humanidad ha sido de origen griego, que fue fascinante la contribución de sus protagonistas en la civilización occidental y  que la antorcha de la civilización siempre ha sido confiada a los jóvenes que tienen la fuerza de llevarla hacia nuevas metas.
Había sido seleccionado por el Liceo de Atenas para ampliar sus conocimientos y su llegada coincidió con la estancia de Aristóteles, donde finalizó su famosa obra Retórica, alrededor del año 330 antes de la era cristiana, una vez cumplida la misión que le había confiado el rey Filipo de Macedonia sobre la educación de su hijo Alejandro, quien años más tarde se dedicaría a conquistar el mundo en nombre de la civilización griega.
La filosofía alcanzaba su cenit. Era la herencia de Sócrates, en cuya escuela había nacido la sabiduría que alcanzaba todos sus términos y de la que salieron ilustres sabios, Platón uno de ellos.
Aquel juicioso alumno había sido invitado por su destacada formación pedagógica. Lo hacían también con otros alumnos de las ciudades-estado del conglomerado griego, para prepararles por su destacado talento ante una acción de gobierno en el futuro; persuadirles de lo bueno, como el cambio de parecer respecto a lo malo, poniendo sus capacidades al servicio de la verdad en favor de la sociedad, y que la sensatez fuese la virtud  capaz de elegir y poner en obra lo que depende de nosotros.
Aristóteles fue el más distinguido alumno que tuvo Platón en la Academia que éste había creado. Sentía gran fascinación por su maestro con el que estuvo cerca de veinte años bajo su tutela, hasta la muerte del sabio a la edad de  80 años, que estuvo impartiendo sus magistrales clases.
Contaba Aristóteles a sus alumnos con admiración y recuerdo,  que murió de muerte natural, y como se diría ahora, plácidamente. Y la anécdota,   que uno de sus alumnos le invitó a ser padrino de su boda, a pesar de los ochenta años ya cumplidos, y cuenta la historia o leyenda que participó activamente en la fiesta, bromeando con sus alumnos y bebiendo algo más de los normal para su edad. Parece ser que en determinado momento se sintió cansado y con sueño, mientras seguía la comilona. Retirándose a un lugar cómodo para descabezar el sueño, a la mañana siguiente le encontraron sin vida, pasando del sueño momentáneo al sueño eterno sin apreciar el tránsito.
También les comentaba que gozaba de un buen humor y carecía de engreimiento e irradiaba singular simpatía. Y se le atribuía cierta candidez y destacada humanidad.
En aquella época aprendió de aquel gran maestro, que todo lo que hacemos es solo para procurarnos placer, que los únicos que nos dicen la verdad son los sentidos y que la filosofía solo sirve para afinarlos.
También les contaba, que siendo discípulo de Sócrates, subían a la  Acrópolis para para admirar el Partenón y todo el conjunto edificado sobre la histórica colina de Atenas, y admirar las maravillosas estatuas y  capiteles, y desde allí inspeccionar el firmamento y estudiar las estrellas y los planetas.
Nuestro joven y particular estudiante había sido invitado al Liceo ateniense, considerando sus especiales conocimientos de la historia de Grecia, y especialmente de Atenas, patria de la filosofía. De carácter cosmopolita y tolerante, receptivo a todas las ideas, y el Liceo había abierto sus puertas a los emigrantes de otros pueblos y demás islas griegas, acogiéndoles con entusiasmo.
Observaba a algunos improvisados compañeros, que eran astutos y volubles, que cuidaban más de formarse una inteligencia que un carácter, prefiriendo ser brillantes bribones mejor que nobles caballeros. Creían en la lógica como arma de combate para engañar al prójimo, siendo presa fácil de alguna pasión: gloria, poder, amor o dinero. Les gustaba más lo nuevo, porque aman más a los jóvenes que a los viejos, y sus ideas de vida es de una existencia plena de todas las experiencias. En resumen, venían a coincidir con el conocimiento que el improvisado estudiante traía de su mundo.
También conoció que los griegos estaban divididos en ciudades-estado y en eterna pelea entre ellos. Solo se sentían hermanados una vez cada cuatro años, por el vínculo que les creaba el deporte con ocasión de los juegos de Olimpia. Todo ello le era familiar pues su mente le traía lejanos recuerdos. Que las rencillas de grupos en los pueblos del mundo desaparecen, hermanándose en furia desenfrenada, por el éxito del equipo o grupo apoyado con desmedido fanatismo. Agrupándose para festejar los juegos, olvidándose por unos días de sus discrepancias y conflictos, haciendo manifestación de sus más variadas personalidades en pomposo y fastuoso cortejo, por ver cual más vistosamente se presentan ante el público asistente.
Un historiador de la época contaba que Leónidas, el de las Termópilas, quedó abandonado solo con sus trescientos valientes donde lucharon bravamente hasta la muerte, y que un soldado persa, con cierta admiración, gritó a su general: ¿Qué clase de hombres son esos griegos que, en lugar de estar aquí defendiendo a su país están en Olimpia defendiendo tan solo su honor?
Nuestro joven estudiante, alumno de la sabiduría griega, se sorprendió de aquella floración de la filosofía, el teatro y la arquitectura. Asistió a ver obras de los tres grandes de la tragedia: Esquilo, Sófloques y Eurípides, y comedias de Aristófanes. También en su viaje fantástico comprobó que la humanidad está destinada a no aprender nada de la historia, y a repetir siempre en cada generación los mismos errores, idénticas injusticias y bestialidades.
Asimismo se sorprendió al observar las invocaciones a dioses en los templos, implorando misericordia para la sanación de enfermedades y otras gracias divinas. Y de los santuarios a donde acudían muchedumbre de lisiados para obtener milagros de las aguas de fuentes termales, de las hierbas y mediante la oración y la ofrenda, convirtiendo aquellos centros de peregrinación en lugares sagrados.
La representación de los hombres y de los hechos de aquellos lugares, le recordaba los que conocía de donde procedía.
Entonces apareció la medicina, que se apoyaba en bases racionales, cuyo fundador fue Hipócrates, que parece ser era hijo de un curandero. Fue el primero que separó la medicina de la religión o del fanatismo, desmantelando el origen celeste de las enfermedades por el de sus orígenes naturales.
Quedó sorprendido el aventurado alumno cuando le dijeron que la cura de las enfermedades consistía en un equilibrio, basándose más que en las medicinas, en la dieta, y que mejor era prevenir la dolencia que reprimirla.
Aquel distinguido personaje dotó a la profesión de una alta dignidad, elevándola a nivel de sacerdocio, con un juramento que comprometía a sus adeptos a ejercer según ciencia y conciencia. A los ochenta años su salud era el mejor reclamo de su terapia, viviendo sujeto a un horario y dieta rigurosa, comiendo poco, andar mucho, dormir sobre duro, levantarse con los pájaros y con estos acostarse, esa era su norma de vida, que ha servido de regla hasta los tiempos actuales.
Nuestro joven personaje iba anotando en un diario todo lo que venía observando desde que entró en el Liceo de Aristóteles, y cuanto aprendía de aquel gran sabio. De él supo que desde el siglo V antes de la era cristiana, Atenas poseía las condiciones de una gran capital y en ella convergían un cruce de culturas al afluir en la ciudad hombres de diversas civilizaciones. Que tuvo un florecimiento rápido y ágil, y en los siglos siguientes dio a la humanidad lo que otras naciones no habían dado al mundo en milenios de su historia. Fue el más glorioso y floreciente periodo de la vida de Atenas. Que vivir en ella en aquellos momentos era un privilegio que los atenienses no supieron valorar, pues se suele medir la fortuna de los demás y no valorar la propia.
Una mañana de la primavera ateniense, el sabio profesor había anunciado a sus alumnos una excursión hasta la Acrópolis para el estudio de cuanta belleza allí se había construido, y especialmente la obra maestra era el Partenón. Templo erigido en honor a la diosa Atenea cuya construcción  se debió al gran empeño que en ello puso Pericles,  hombre que gozaba de especiales cualidades de estadista, buen administrador, y cuyo tesón y esfuerzo logró que su periodo fuera considerado la edad de oro de Atenas. Aunque al final de sus días los atenienses le pagaron con mucha ingratitud.
Hubieron de suspender la excursión que tenían proyectada debido a una fuerte tormenta que atronando la ciudad  la dejó casi en tinieblas, produciendo infinidad de relámpagos y rayos como si las fuerzas de la naturaleza quisieran hacer desaparecer Atenas.
Una vez más, nuestro particular alumno, anota en su diario, que el sabio profesor manifestó en un momento determinado: “La tormenta posiblemente fuera una premonición del negro futuro de aquella ciudad”. La que empezaba a sentir sus últimos fulgores y se respiraba cierta crispación, fruto del desenfrenado individualismo histórico que llegaba a extremos asfixiantes, y de las guerras continuas por los extremados nacionalismos entre las ciudades-estado que componían el fragmentado pueblo griego.
Corruptelas frecuentes y traiciones políticas, favorecieron el ascenso del poder persa, con los que tuvieron serios problemas, unido a la pérdida de las colonias en la península itálica, de Sicilia y Macedonia, quedando reducidos  cerca de dos siglos más tarde a simples provincias de la Roma Imperial, que heredó la antorcha de la gran civilización griega.
En el momento de un ensordecedor trueno, nuestro joven estudiante oye también que le llaman insistentemente: ¡Cesar, Cesar, despierta Cesar, vamos despierta, que perdemos el vuelo que nos lleva a Atenas!
El abuelo Octavio había prometido a la familia un viaje a Grecia con motivo de haber finalizado brillantemente los estudios de bachillerato de su nieto, y él y los padres del muchacho ya estaban preparados para salir al aeropuerto Adolfo Suarez, que distaba  media hora por carretera desde su domicilio en la Colonia del Dr. Sanz Vázquez, en la ciudad de Guadalajara.
Eugenio
Madrid, Octubre- 2014                              
 
 

30 abril 2014

EL FARERO


A mi yerno Luis Miguel, amante de la mar  y de los faros del mundo y goza de notable arraigo marinero.

 

Pedro esperaba impaciente en la orilla del río Tajo la llegada de su amigo Flavio. Habían quedado frente a los restos de Recópolis, antigua ciudad del reino visigodo de Toledo, importante capital de la provincia Celtiberia, la que fue mandada construir por Leovigildo en honor de su hijo Recaredo en el 578, cerca de  la actual población de Zorita de los Canes.

Tenía el temor de que alguna mirada indiscreta le podía estar observando  desde la citada villa, pero se consolaba pensando seria improbable por la avanzada hora de la noche. Miraba intranquilo su reloj de bolsillo. Faltaban unos minutos para la una de la madrugada.

Flavio apareció a lo lejos entre las sombras de la noche. Poco más de una hora había tardado en recorrer los casi diez kilómetros que distaba desde su residencia en la Villa Ducal hasta donde le esperaba su amigo. Empujaba con dificultad una vieja bicicleta, por intransitables atajos evitando circular por carreteras para no ser visto, por lo que casi todo el trayecto tuvo que marchar andando. Había acondicionado la bicicleta para el equipaje que llevaba: una maleta de madera y una bolsa con comida para el viaje que había proyectado. Tan solo lo imprescindible por la urgencia de su marcha y por evitar excesivo peso.

En esos momentos pasaba a los pies de los restos del histórico Castillo de Calatrava que aparecía durmiente de su pasado histórico, que fue testigo de episodios transcendentales de la historia de la España visigoda.

Flavio ya sentía el frescor de las aguas del río Tajo. En ellas se reflejaba el brillo de una luna  plateada y se observaba que bajaban serenas, por lo que les resultaría más fácil navegar por ellas. Por ese río que han forjado su historia los gancheros, hombres rudos y valientes que desde hace tiempo dirigen río abajo, hasta Aranjuez, miles de troncos de pinos procedentes de los bosques de la comarca de Molina de Aragón, en la provincia de Guadalajara. El gran escritor José Luis Sampedro, los inmortalizó en su famoso libro “El río que nos lleva”, posteriormente llevado al cine.

Los dos amigos se alegraron al encontrarse en el lugar previsto. De momento todo se iba desarrollando sin contratiempos. Intuyeron que nadie les había visto y pronto se aprestaron a sacar una barca que tenían oculta entre unos juncales. Se trataba de una pequeña embarcación con motor de dos tiempos que utilizaba Pedro para pescar y cruzar el río hasta la otra orilla, donde cultivaba hortalizas en pequeñas parcelas, que después vendía en el mercadillo de la Villa Ducal.

Flavio a sus 25 años estaba atribulado y triste por cuanto dejaba atrás: su novia con la que pensaba casarse para el otoño, las propiedades de sus padres que le habían expropiado, incluso los dos pares de mulas, y carros que utilizaban en las labores de labranza de sus tierras, conforme al arbitrario reparto de la riqueza por parte de personas reaccionarias; y especialmente estaba triste tener que abandonar la tierra en la que había nacido, aquella bonita villa de la Baja Alcarria, tan hermosa y con gran legado histórico, ahora ensombrecida por los acontecimientos que se estaban viviendo allí y en todos los rincones del País.

Dejaba atrás a sus amigos, con los que había compartido momentos felices. Sentía la impotencia de tener que salir huyendo de su amada tierra, forzado por las circunstancias que se venían desarrollando, con la evidencia de peligrar su integridad física.  

Pedro le distrajo de sus perdidos pensamientos: -Vamos Flavio, no perdamos tiempo, que el río nos espera y hasta llegar a Aranjuez nos queda mucho que remar, sobretodo mientras estemos cerca de las zonas habitadas, que después río abajo el motorcillo fuera borda aliviará nuestro esfuerzo, así es que habrá que simultanear remos y motor, según las circunstancias, evitando hacer el menor ruido para no ser apercibidos y levantar sospechas.

Después de haber dejado atrás Algarga, último pueblo de la provincia de Guadalajara, entraron sin novedades en la de Madrid. Después pasarían bordeando los pueblos de Villamanrique y Fuentidueña.

Estaba amaneciendo cuando observaron en lo alto de un cerro el Castillo de Oreja, y poco después las luces de las primeras casas  de Aranjuez. Orillaron la barca donde pudieron saltar a tierra firme. Se despidieron con mucha tristeza y con las dudas de ambos si volverían a verse alguna vez.

Pedro regresaría río arriba. Había llevado pertrechos para la pesca, para poder justificar el improvisado paseo en barca.

Flavio tomaría el próximo tren que saliera para Madrid, donde un pariente le estaría esperando en la estación de Atocha para trasladarle hasta su casa, donde tenía ocultos a sus padres.

No se quedaría mucho tiempo en la capital, pues tenía trazado un plan intentando asegurar su futuro y el de su novia, quien se  había quedado en su villa natal pendiente de encontrarse próximamente con él. Los acontecimientos habían adelantado cuanto tenían proyectado.

Ahora en la primavera de 1936 recordaba Flavio los cambios que se estaban desarrollando desde que en Abril de l931 hubo en el país un nuevo orden constitucional que cambió la vida de muchos españoles. Lo que había despertado tantas expectativas terminó tirando todo su crédito por la borda, creando desilusión en la mayoría de los ciudadanos al permitirse que fuerzas reaccionarias actuaran a su libre albedrío, fruto de una degeneración moral y de los principios en general, con el resultado de un trágico final.

Flavio se encontraba impotente ante las injusticias que se venían cometiendo, y más cuando éstas eran permitidas por las instituciones que debían velar precisamente porque las leyes se cumpliesen.

Como casi siempre ocurre en el devenir de los tiempos, para unos los cambios les son favorables, pero otros como  Flavio y su familia, sufrieron un calvario de sinsabores, y el azote perverso de las amenazas y el odio, provocando al final la huida para buscar la seguridad de sus vidas. Todo ello por el hecho de pertenecer a una familia de clase media y estar cercanos a la iglesia. Por por su mediación aportaban con frecuencia ayuda a los más necesitados de su villa.

Hacía unos meses que los padres de Flavio decidieron trasladarse a Madrid a casa de unos familiares, asustados por los acontecimientos, dejando al hijo al cuidado de las propiedades de la familia, especialmente por la labranza de las tierras aunque finalmente todo quedó abandonado.

A Flavio la situación le adelantó la salida de su villa, pues ya tenía proyectado un cambio de su futuro por tierras asturianas.

Desde el invierno de l934  estaba en contacto con Patricio, un amigo de la infancia que tenía cierto poder en la zona portuaria de Gijón, concretamente en los temas concernientes a la organización y designación del personal destinado a torreros en los faros que señalan la costa cantábrica. Y fue por aquel amigo, cuando regresaba por vacaciones a la villa natal de ambos para ver a la familia,  se ilusionó por conocer los encantos de aquella tierra, de la que contaba bellezas naturales difíciles de imaginar. Paisajes montañosos que describía con cierto encantamiento, y costas agrestes labradas por un océano bravío en el que escribían la historia con valentía y arrojo tenaces marineros y curtidos pescadores en su dura lucha por obtener de las entrañas de la mar el sustento de sus familias.

Hacía tiempo que Flavio había manifestado a su amigo  la inquietud de salir de la villa que les vio nacer, y éste, en el pasado verano, le había informado de la posibilidad de obtener la titulación de torrero en un faro cuyo titular estaba próximo a su jubilación. Por correo le había enviado documentación y preparado  estaba para desempeñar tan romántico oficio.

Desde pequeño había soñado por conocer la mar y ahora vivía con mucha ilusión, no obstante las dificultades, la posibilidad de alejarse de aquella pesadumbre y dar un nuevo giro a su vida junto a su novia.

Después del encuentro con sus padres, al poco tiempo partió hacia el norte con la esperanza de conseguir el puesto de torrero titular del faro que su amigo le estaba gestionando.

Flavio había leído varios libros sobre faros y no ignoraba que el faro como el mar es como un refugio para hombres libres. Que el torrero de faro debía ser persona muy responsable y de dedicación plena, para mantenerlos en perfecto funcionamiento, porque en sus manos y conciencia está salvar las vidas de marineros y lograr que los navíos que surcan los mares del mundo lleguen a su destino con plena seguridad.

Que el faro necesita muchos cuidados: como vigilar que el petróleo llegue en su debida proporción a la lámpara, regular el tiro  y cambiar mechas, entre otras funciones, pues su amigo le había informado de las características del faro en el que podría trabajar, era un faro singular, situado en agreste promontorio al final de un cabo, aislado de tierra firme cuando subían  las mareas.

Para no desanimar a Flavio, su amigo no le había contado toda la historia hasta llegar a Asturias y fueron a ver el lugar que sería su destino si finalmente lo aceptaba, pues se trataba de un faro de tercera o cuarta categoría que todavía no se había modernizado por dificultades económicas, y también porque no había personas adecuadas que estuvieran dispuestas a aceptar tan sacrificada empresa, por lo que  Patricio tenía dudas de que su amigo fuera capaz de superar aquella prueba.

Aquel faro, construido en piedra sobre un montículo rocoso, de forma circular , se alzaba 40 metros sobre el nivel del mar y a l5 metros sobre el terreno. Inaugurado a finales del siglo pasado, había sufrido muchos temporales y  trágicas galernas, pues dos torreros desaparecieron abatidos por las olas, que llegaron en ocasiones a superar la altura de la isla y azotar la torre del faro, y asimismo consta en el Libro Registro de Operaciones el naufragio de algunas naves que no pudieron evitar zozobrar contra las rocas de la isla.

Y llegó el primer día de su nuevo trabajo, que había aceptado con gran entusiasmo, pero también con no menos temores de poder sobrellevar la soledad en aquel apartado e inhóspito lugar, con la sola compañía de un cachorro de perro Husky Siberiano, que le había regalado días atrás su amigo Patricio para que le hiciera compañía. Le había puesto de nombre Luna, por haber observado la noche anterior la plenitud  de una luna llena que iluminaba un firmamento   limpio de nubes y pleno de estrellas. La que tiene tanta fuerza de atracción, junto con el sol e influencia en las mareas de los mares y océanos del mundo.

También le había regalado Patricio una radio de galena, para aliviar la soledad de su amigo con ese sencillo y nuevo aparato, que le permitiría estar comunicado con el mundo exterior. Creo que muchos recordarán se trata de un receptor de ondas de frecuencia media y corta que funciona sin pilas y sin electricidad. Se alimenta de las mismas ondas que recibe, sirviendo para sintonizar diversas emisoras.

Durante los primeros meses de su estancia en el faro estaba hechizado por la compañía que suponía tener noticias a través de tan sencillo aparato. Era un aliciente para Flavio y sentía mucha ilusión poder conectarse por las noches con aquel artilugio electrónico, que le procuraba un cierto alivio en los momentos de dura soledad, una vez atendidas sus obligaciones como torrero.

Terminó de despedirse de su antecesor, y tras haber recibido consejos e instrucciones sobre la situación del faro, se instaló con los pocos bienes que traía. Ya solo, en lo alto del faro, algo sofocado por la subida de los casi cien escalones, acompañado por Luna, quedó embelesado por la belleza que contemplaba desde aquella formidable atalaya, que complacía a sus ojos y transmitía una dulce quietud en su alma.

El silencio lo invadía todo, solo alterado por el rugir de las olas al chocar con las rocas sobre las que estaban construidas las instalaciones del faro. Dirigiéndose a Luna, como único interlocutor que allí tendría desde aquellos momentos dijo con voz serena: -Luna, echa un vistazo al sol que se va ocultando por poniente y a la luna que ya empieza a  iluminar la noche y las estrellas que se avistan tibiamente en el firmamento; y admira también la inmensidad de la mar y del ritmo de las olas, y te quedarás sorprendido de la grandeza de la Creación-

Don Felipe le había enseñado a amar el firmamento. Don Felipe el sabio, como así le llamaban en el Instituto de Enseñanza Media Brianda de Mendoza de la capital de Guadalajara, donde Flavio estudió el bachillerato. Allí Le habían enviado sus padres al cuidado de unos familiares. Aquel profesor le transmitió las inquietudes sobre las esferas celestes. Era gran admirador de Galileo y de Copérnico, especialmente de este último, gran astrónomo del renacimiento, nacido en Polonia en el siglo XV. Conocía como nadie en su época los misterios del sistema solar, pues fue fundador de la astronomía moderna, y contribuyó a un mayor conocimiento de la bóveda celeste.

Por ello Flavio sentía particular pasión por el estudio de los misterios del firmamento, y ahora desde aquella magnífica posición  lo observaba en las noches claras en toda su magnitud y se quedaba hasta altas horas de la noche mirando las estrellas y los planetas, contando con un pequeño telescopio que hacía tiempo le compraron sus padres al conocer las inquietudes de su hijo, y que había incluido entre las pocas cosas que llevaba en la maleta.

En el transcurso de los primeros meses fue normal la estancia de Flavio en el faro, que fue superando las condiciones de aislamiento y por supuesto de la temida soledad, minimizadas por la inseparable compañía de Luna y de la radio de galena.  Ocupaba también los ratos que le permitía su actividad profesional, escribiendo su diario a modo de biografía de su vida en el faro.  Ello como complemento de sus obligaciones como buen funcionario de anotar todo cuanto acontecía en el faro, un completo resumen en el Libro Registro de Operaciones, incluso de observaciones meteorológicas.

También colaboraba en la edición de revistas y publicaciones impulsadas por algunos torreros con el fin de suplir la falta de contacto y de información por su aislamiento. Una de ellas “Señales Marítimas”, que desde 1932 fue método de comunicación interna de los miembros del Cuerpo de Torreros.

En ocasiones recibía la visita de su amigo Patricio, con el que departía sus inquietudes y las dificultades que tuviera en esos momentos. Y especialmente ocupaban capítulo importante los frecuentes escritos a su novia, pues estaba entusiasmado con los preparativos de la boda que tenían pensado celebrar para el próximo otoño.

La vida de Flavio transcurría con escasas novedades de importancia, salvo la impresión que le causaron  los primeros temporales que tuvo que vivir en el faro, al contemplar con no poca angustia y asombro las encrespadas olas del bravío Cantábrico cuando llegaban a superar la base del faro, produciendo ruido ensordecedor que hasta Luna le asustaba ladrando continuamente.

No obstante la tranquilidad que gozaba en su nuevo oficio, el miedo retornó a su corazón con las noticias que venía escuchando a través de la radio galena sobre la situación del país y de otras partes de Europa.  Como era creyente en ocasiones elevando su mirada al cielo imploraba su protección ante tanta locura que se venía cerniendo sobre la humanidad. Por la soberbia de los que dominan las naciones. El germen de la guerra parecía volver a cabalgar sobre el caballo salvaje del apocalipsis, amenazando actuar como peste aniquiladora.

Otra vez más y a lo largo de la historia parecía que los humanos habían enloquecido, trastornados por reyertas y enfrentamientos, indolentes de  que el dolor causado sea irreparable y que las consecuencias duren para siempre.

Hacía diecisiete años que había terminado la que fue la más devastadora guerra de todos los tiempos y ya empezaban a sentirse vientos de otra venidera de imprevisible resultados.

Pero ahora lo que más le preocupaba eran las noticias de un posible levantamiento militar de las fuerzas establecidas en el norte de África y en las Islas Canarias, circunstancia que le retrasaría sus proyectos de enlace matrimonial con su novia Eloísa, pues no acertaba a comprender todavía el alcance que pudieran tener a nivel general del País.

Desde lo alto de la torre del faro, a voz en grito y mirando a Luna, que parecía comprender el enfado de su amo, Flavio soltó a los cuatro vientos: -¡Malditas las guerras y malditos sean quienes las provocan!-

Casi incomunicado estuvo Flavio durante los tres años de contienda fratricida. El mantenimiento le llegaba tarde y escaso y su soledad se acentuó con el paso de los meses, llegando a escasear el combustible necesario para el mantenimiento de la linterna y hasta en algunas ocasiones se quedó sin poder emitir la luz necesaria para evitar los riesgos de la navegación de los barcos. También pasó penurias personales al carecer de elementos básicos para subsistir en el faro. Superado por la ayuda de las buenas gentes de la población cercana.

La situación también demoró sus ilusiones de boda que dejaron ambos para más adelante, desconociendo el alcance del tiempo que aquella barbarie pudiera durar, y dudando sobre su propio futuro, pues hacía meses que no tenía noticias de su amigo Patricio, y tampoco de su novia, ni de sus padres en Madrid, lo que acentuaba aún más sus inquietudes.

Solo en una ocasión, restablecidas las comunicaciones telefónicas, desde la población más cercana al faro pudo tener la posibilidad de hablar por teléfono con Eloísa. Entre tanta barbarie y agresividad fue como un bálsamo de paz sentir la voz de su novia. Esta había ido a Guadalajara justificando una revisión médica, pero el motivo principal era contactar con Flavio, aunque solo fueran unos minutos, después de varios meses sin tener noticia alguna. Fue una fría mañana del mes de enero del 39, cuando parecía que la confrontación bélica llegaba a su fin, y se atisbaba la esperanza de nuevos tiempos, y la ilusión por un futuro mejor. Sería difícil  restañar las heridas que tanta tragedia  habría ocasionado. Pero el amor de aquellas personas jóvenes les hacía prever la posibilidad de vivir en un mundo mejor, sin odios ni rencores.

Sentían el fuerte deseo de iniciar una nueva vida, aunque fuera en la soledad de un sencillo faro, pues la felicidad se encuentra donde cada humano pone su animosidad de espíritu, y en el caso de Flavio y Eloísa estaban dispuestos a conseguirlo uniendo sus vidas en un afán común.

Deseaban salir de aquellas tinieblas en las que fuerzas malditas les habían sumergido. Eran jóvenes y animosos, una nueva generación  que sentía la necesidad de luchar con ardor por la paz y  transmitir  lo absurdo de las contiendas fratricidas.

Al fin tuvo noticias de Patricio que las nuevas autoridades portuarias le habían ascendido, notificándole que pronto sería trasladado a otro faro de superior categoría, situado al final de un importante cabo, comunicado por un camino con una población cercana, donde trabajaría muchos años.

Allí el nuevo matrimonio podría llevar una vida más relajada. Se casarían en  otoño del 39, tres años después de lo previsto.

En un tiempo no volvieron por su tierra pese a cuanto soñaron por ella, pues no querían sentir la tentación de la venganza por el mucho daño recibido. Pensaron que el perdón sería el mejor bálsamo para su felicidad, pese al triste recuerdo de que los padres de Flavio murieron víctimas de la denuncia de personas malvadas.

Abril 20l4                                                                       Eugenio

 

 

 

15 febrero 2014

LA CASA DE PIEDRA


Cada uno es artífice de su propia aventura

                                                     Don Quijote


 

Lino nació en el año 1848 y murió en 1935. Fue una persona iletrada, no sabía leer ni escribir. Realizaba trabajos de peón caminero, abrir y conservar acequias y de pastor de cabras y ovejas. Aquel buen hombre fue un trabajador infatigable y vivía con su familia en una pobre vivienda, rozando una existencia al borde de la  miseria.

Alcanzó inusitada fama realizando una gesta increíble en un pueblo de la provincia de Guadalajara que se llama Alcolea del Pinar, situado a unos 80 kilómetros de la capital, a 136 de Madrid, y a 10 de la ciudad del Doncel (Sigüenza).

Una mañana de la recién estrenada primavera del año 1907, con viento fresco del Moncayo, propio de aquella tierra del norte de la Alcarria, limítrofe con la provincia de Soria, nuestro humilde personaje se levantó antes de la hora acostumbrada, rozando el alba, despertando a su esposa Cándida que no acertaba a comprender tan imprevista llamada de nuestro personaje

Pronto la saco de sus dudas su esposo, quien seguía viendo la vida pasar ante sus ojos sin tener clara respuesta a sus ilusiones de poder ofrecer a su familia una digna vivienda. La tristeza le venía inundando el cerebro y el oscuro futuro  le desgarraba  el alma.

Era tal su ilusión en dar cobijo decente a los suyos, que desesperaba por carecer de posibilidades económicas para realizar sus deseos.

Con aspecto feliz y cierta intriga, comentó a su esposa que había tenido un sueño en el que se veía con toda su familia, ellos dos más dos hijas de su matrimonio, viviendo felizmente en un hogar desconocido.

La mujer un tanto extrañada por lo insólito del sueño de su marido,  solo acertó a manifestarle que siguiera durmiendo y que dejara de soñar pues difícil sería realizarlo con lo poco que tenían.                         
                                           
Pero aquella mañana estaba decidido a poner en marcha la realización de sus ilusiones, por lo que el buen hombre siguió insistiendo en su empeño que era más que un sueño, pues representaba la manifestación de una decisión que venía fraguando desde hacía tiempo. 

En ocasiones se le había visto sentado frente a una enorme roca situada en una parcela propiedad del ayuntamiento de la villa, y había decidido solicitar al alcalde que le autorizara la construcción de una vivienda dentro de la roca, que él por si solo y su mujer intentarían realizar.

Su esposa trató de disuadirle,  con la sensata intención de evitar el ridículo que provocaría entre las gentes del pueblo, cuando se enterasen de las fantásticas intenciones de su marido

Nadie pudo disuadirle de sus intenciones y en su defensa manifestaba: " nunca sabemos  lo que somos capaces de realizar hasta que poniendo todo nuestro esfuerzo e ilusión en ello, vencemos los más grandes obstáculos que tenemos enfrente"

No obstante sus argumentos ante  las autoridades que tenían que otorgarle el permiso, todos pensaron que había perdido el juicio por atreverse con tan imposible aventura, pero tanto insistió que le cedieron la parcela, más bien porque les dejaran en paz  y con la firme creencia de que con el tiempo se desengañaría con las dificultades de realizar dicha empresa.

Poco tiempo después de tener el permiso solicitado, se le observó recopilando pico y pala, cinceles, martillo y otros objetos punzantes de hierro, y sin demora inició lo que sería la consecución de su particular sueño y parcela de gloria en la historia de la tenacidad humana.

Con el tiempo fue grande la sorpresa de todo el pueblo ante los avances de Lino en su aventura, pues la incertidumbre y desconfianza inicial se fue tornando en admiración y sorpresa, ya que a los ocho años tenía habilitada en la roca, armoniosamente construidos, un vestíbulo con una gran mesa, habitación y una cocina de alto techo para poder colgar la matanza del cerdo, la correspondiente chimenea, alacenas, fregadero, y una ventana al exterior. Constaba de dos puertas, una de la entrada a la vivienda y otra en un lateral de acceso a una cochinera, que posteriormente convirtió en cuarto trastero y para guardar leña. 

                                                                                                                                                                                                                                                                                       Entonces Lino decidió trasladarse con su familia, pues ya había realizado suficiente cobijo para acomodarse adecuadamente.

Durante más de 20 años continuó agrandando la vivienda, el solo con la ayuda  de su esposa y de sus dos hijas, ayudándole a sacar los escombros, llegando a construir hasta 100 metros cuadrados, un lavadero y una pequeña cuadra para la cría de cerdos y otros animales menores, con salida al exterior; y en el piso superior con acceso por una escalera interior, horadó la roca hasta tener un amplio dormitorio con balcones orientados a levante y
poniente, y armario incluido. Observando siempre en la construcción una inteligente ordenación de los espacios.

Al principio la casa no tenía luz artificial, aunque gozaba de buena luz natural durante el día por las diversas aberturas hacía el exterior, pero pasados algunos años  la instaló con sus propias manos.

No tuvo arquitecto alguno que le dirigiera la construcción, ni modelos en los que apoyarse. Fue un arquitecto ocasional que planificó su obra mediante un diseño mental, que fue adaptándose en la medida que iba horadando la roca con un sentido admirable de la orientación y los espacios, pues todo fue obra de una persona autodidacta, con peculiar ingenio, tenacidad, mucha perseverancia, y un empeño infatigable por conseguir el sueño de ofrecer a su familia una vivienda mejor de la que tenían. Y más significación tuvo su mérito ya que la obra la empezó cumplidos 59 años.

Continuó trabajando su aventura hasta  su muerte, que acaeció un día mientras descansaba en la cama después de haber estado excavando la tarde anterior, dejando inacabado un segundo dormitorio en la planta superior

Debió ser admirable y conmovedor ver aquel hombre trabajar en sus horas libres en las entrañas de la gran mole de piedra, y después de las agotadoras jornadas  realizando sus obligaciones para sacar adelante a su familia.

Obra cincelada a golpe de pico y muchos esfuerzos, pero que le llevaron hacia horizontes de gloria y fama, y con su sueño consiguió su particular porción de felicidad encontrando luz donde los demás veían oscuridad.

Su original obra se extendió por toda la geografía nacional y fue visitada por gentes de todas las regiones de España. Hasta la fecha sigue siendo lugar de turismo, especialmente por estar muy cerca de la carretera nacional II, en la ruta turística de Sigüenza y la comarca de Molina de Aragón.

También ha sido visitada por diversas personalidades, pues en el mes de abril de l928, de vuelta de un viaje por Molina de Aragón, lo hizo el Rey Alfonso XIII, acompañado de la Reina Victoria Eugenia y el General Primo de Rivera. Posteriormente, en 1929 le concedieron la Medalla del Mérito al Trabajo. Cincuenta años después también lo hicieron los actuales Reyes de España, en cuyo momento les recibieron las hijas octogenarias de Lino, que entonces vivían en la Casa de Piedra.

Hasta hace unos 30 años las hijas enseñaban orgullosas la obra de Lino, y sus nietos lo siguen enseñando a cuantos lo deseen, pues aquel lugar lo han convertido en museo dedicado a su memoria.

Y como final me queda por añadir, que a veces nuestro amor propio nos engaña cuando la cosa más oscura nos parece muy clara, después de que se ha inventado, y juzgamos cosa extraña que haya escapado a nuestro ingenio, cuando otros se han anticipado, pues estamos acostumbrados a que muchos humanos se burlen de lo que no entienden o son incapaces de realizar, y que gruñan o protesten ante lo bueno y hermoso de lo que muchas veces resulta difícil de comprender.

P.D. Este admirador de las cosas grandes que realizan gentes sencillas, ha querido rendir con las anteriores líneas un cariñoso recuerdo en homenaje a Lino Bueno, que no solo hizo honor a su apellido, también dejó con su ejemplo una gran lección a futuras generaciones

Eugenio

Febrero de 2014