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Algo sobre mí

Algo sobre mí

Empleado de banca jubilado, amante de la música y la literatura, la naturaleza y las humanidades. Nacido en Guadalajara y conocedor ferviente de la provincia. Actualmente con residencia en Madrid, después de un largo peregrinar por diversas ciudades en razón a mi profesión; que ahora con ilusión trato de vivir esta nueva aventura, pues siempre he creído que la providencia nos ha dado el sueño y la esperanza como compensación a los cuidados de la vida.

26 enero 2017

EL CONTADOR DE ESTRELLAS



                       


                                                                      A mis nietos Alejandro e Irina   
Había amanecido otro día con un limpio y purísimo cielo azul  en el valle, de los varios que se sucedían en un recién estrenado otoño. El sol calentaba con  tanta intensidad que todo el mundo seguía llevando los atuendos del verano. Las gentes y, especialmente los menores, se acercaban al cercano riachuelo para aplacar los ardores del astro rey.
Don Feliciano, el único profesor que había para dirigir el colegio de aquella villa del nordeste de la provincia de Guadalajara, había decidido sacar a sus colegiales, una veintena de niños de diversas edades que sumaba el censo de aquella localidad, a un prado cercano desde el que pretendía realizar la clase en aquella bonita mañana, cosa que hacía con frecuencia cuando la climatología lo permitía con la idea de acercarlos a la Naturaleza.
Aquel buen hombre, veterano en su profesión, había dedicado su vida a la causa educadora a lo largo de diversos pueblos de la comarca. Trataba de encauzar con mucho ardor educativo, a los niños que enseñaba, para guiarlos por caminos fecundos y que tuvieran un desarrollo feliz en su vida.
Hermanado con la naturaleza en aquellos momentos que el buen tiempo le brindaba, le gusta hablarles de las cosas buenas de la vida, y de los orígenes de aquel pueblo. Les invitaba a valorar las maravillas de los floridos campos  y de los bosques de pinos que circundaban las casas como si quisieran abrazarlas; las tierras sembradas de cereales,  los montes no muy lejanos de la villa, donde florecían las plantas olorosas de romero y tomillo, principalmente, y los lugareños tenían instaladas colmenas para que las abejas produjeran la famosa miel de la Alcarria.
También les inculcaba determinados valores para su riqueza interior y que gozasen de buenos sentimientos; del respeto a los mayores  y especialmente a sus padres de los que debían ser muy obedientes. Destacaba la importancia de ser buenos estudiosos en las diversas materias que el profesor impartía. Con frecuencia les decía que las lecciones que ahora les daba, serían los cimientos de su futuro.
A media mañana, a modo de recreo, como de costumbre, celebraban un encuentro de futbol, donde todos participaban compitiendo en una liguilla que el profesor había formado, y donde además ejercía de árbitro.
Don Feliciano venía observando que había un muchacho de ocho años al que, con cierta  frecuencia, se distraía cuando impartía clase en el local que el Ayuntamiento les tenía destinado como colegio. Pero se le veía más contento cuando salían al exterior como en esta ocasión ocurría. Estaba feliz observando el cielo y la naturaleza de los alrededores de la villa.
Se lo había comunicado a sus padres para conocer las causas de su frecuente distracción, pues le consideraba un niño espabilado y obediente en cuantas indicaciones le ordenaba el profesor; él estimaba que podía mejorar las notas que obtenía, ya que tenía capacidades por encima de la media de los demás niños de la clase.
Los padres de Tino comentaron al profesor: “Don Feliciano, su comportamiento en casa se puede decir que es de un niño normal, bueno y cariñoso, pero le observamos que tiene cierta obsesión con el cielo, las estrellas, la luna y los planetas. Muchas noches le vemos asomado a la ventana de su habitación, extendiendo la mano al infinito firmamento preñado de estrellas, como si quisiera señalar algunos de sus múltiples puntos luminosos. En ocasión de los ciclos de luna llena, cuando ésta ofrece su mayor esplendor plateado, nos llama para que veamos tan bonito espectáculo. Queda ensimismado por tanta belleza”
“También nos comentaba que, en las horas de dormir, sus sueños están relacionados con las estrellas; que en otros sueños se veía volando sobre un gran pájaro que extendía sus enormes alas hacia una brillante estrella en el firmamento, despertando con sobresalto al caerse de la cama por tan enorme emoción”
Don Feliciano quedo pensativo por cuanto oía de los progenitores de su alumno, llegando a comprender que aquel niño empezaba a interesarse por cosas que para los demás alumnos pasaban inadvertidas. También empezó a comprender por qué en el colegio le llamaban el “contador de estrellas”  y  los  sueños fantásticos que contaba a sus amigos más íntimos relacionados con el firmamento.
A los padres les tranquilizó, prometiéndoles que él se ocuparía de atenderle de forma especial en sus peculiares ilusiones, pues no había que olvidar que generalmente a esas edades casi todos los niños tienen sueños que quieren realizar, por imitación  del mundo de los mayores. Y venía a recordar que en una ocasión, cuando a toda la clase preguntó sobre qué deseaban ser en el futuro, Tino dijo que quería ser astronauta para estar cerca del firmamento, y conocer si había otros niños con quienes jugar. No me extrañó demasiado, considerando las respuestas de los demás alumnos con resultados de lo más curioso que se pueda imaginar.
Algún tiempo después, aquel buen profesor había obtenido autorización para organizar una excursión al Centro de Seguimiento Espacial de la Nasa en Robledo de Chavela, en la provincia de Madrid, con la aprobación de las familias y enorme entusiasmo de todo el colegio, pero especialmente de Tino que recibió la noticia con enorme gozo.
Llegó el día maravilloso que todos esperaban con gran ilusión y quedaron asombrados por cuanto vieron. Reportajes sobre la llegada del hombre a la luna; documentos fotográficos de los diversos despegues de cohetes enviados para desentrañar los misterios del universo; estudios del comportamiento del ser humano en el espacio, con imágenes de las maravillas que desde allí se contemplaban, y el instrumental necesario para llegar a tan enormes distancias. Todo un resumen de información que les llenó de emocionado entusiasmo.
Pero como todo tiene su fin, se preparaban para marchar, cuando advirtieron que un asiento del autobús estaba vacío; se trataba del que debería ocupar Tino. Todos se preguntaron ¿Dónde estará este muchacho, seguro que contando las estrellas que se ven en los reportajes, o aún está asombrado por los despegues de aquellos enormes cohetes disparados al espacio?  Dejaros de tontadas y decirme: ¿Pero es que no le habéis visto?  Preguntó el profesor. Uno de los colegiales dijo: La última vez que le vi estaba observando detenidamente un traje de astronauta. Pues todos a buscarle. Contestó el profesor.
Pero se encontraron con que habían cerrado las puertas para las visitas, por lo que no podían entrar ¡Qué sofoco, qué angustia, qué contrariedad! Estaban asustados y buscaron al guardia de seguridad para que les abriera el Centro para visitantes y pudieran buscar al dichoso niño.
Así lo hizo con cierto desagrado el vigilante, y después de mucho buscar por todos los rincones, a lo lejos, en un lugar donde había un traje de astronauta donde la gente se podía meter dentro y hacerse fotografías asomando la cara por el hueco del casco simulando se tratase de un verdadero astronauta, allí estaba Tino. Todo tranquilo y sin inmutarse, les dijo que esperaba el momento de que le llevaran hacia algún cohete que saliera para el firmamento, mejor aún si era con destino a la luna, o  al planeta Marte que estaba más lejos y al que deseaban  llegar todos los astronautas.
Todos los niños rieron la broma menos el guardia de seguridad y Don Feliciano, que abochornado por el hecho, se disculpó como pudo y amonestó a su alumno.
Al anochecer de aquel hermoso día llegaron a la villa alcarreña, todos contentos por cuanto habían visto. El cielo estaba limpio de nubes por lo que se veía la gran belleza del firmamento y la luna brillante como una bola de plata resplandeciente. Todos sintieron la curiosidad y la admiración de aquel espectáculo, emulando  lo que hacía Tino desde su asiento.  Desde entonces empezaron a admirar la belleza de cuanto se exponía a la contemplación humana de tan magna creación, y Don Feliciano estaba orgulloso de que así fuera gracias a la originalidad de aquel especial  alumno.
Años después, a aquel niño que soñaba con las cosas del cielo y la naturaleza, sus padres lo llevaron a estudiar el bachillerato al instituto de Sigüenza; y posteriormente le facilitaron cursar la carrera de Ingeniería Aeroespacial, en la Escuela de Ingeniería Aeronáutica y del Espacio, de la Universidad Politécnica de Madrid.
Terminada la carrera brillantemente, pasó a formar parte del equipo que formaban en el Centro de Seguimiento Espacial de la Nasa en aquel bonito e interesante lugar que había visitado con su colegio hacía mucho tiempo.
Muchos años después, un buen día, quedaron sorprendidos en el colegio de la villa alcarreña en la que se desarrolla nuestra historia, al recibir un enorme y extraño bulto. Muy inquietos, alumnos y profesor, esperaban conocer lo que había en su interior. Quedaron asombrados al ver que se trataba de un magnífico telescopio. En la base de aquel  extraño y complejo aparato, había una placa con la siguiente reseña: “Telescopio  Don Feliciano, regalo de Faustino antiguo alumno del colegio”
Lo hacía en recuerdo de aquel buen profesor que tiempo atrás había fallecido.
Eugenio 2017